En 1976, bajo el gobierno militar de Guillermo Rodríguez Lara, se crea el Conjunto Nacional de Danza. La creación del Conjunto Nacional de Danza -más tarde, Compañía Nacional de Danza del Ecuador-, fue impulsada por Marcelo Ordóñez y otros actores de la escena artística y cultural, con el fin de lograr el apoyo del Estado a la actividad desplegada desde los años 60’ por varios coreógrafos y bailarines, vinculados con agrupaciones y espacios de formación en danza clásica y moderna: el Ballet Nacional, dirigido por Marcelo Ordóñez; la Compañía Experimental de Danza, bajo la dirección de  Noralma Vera; el Ballet Experimental Moderno de Wilson Pico; el Ballet Nacional, dirigido por  Patricia Aulestia, entre otros.

 

 

A lo largo de las décadas de los 60’ y 70’, estas agrupaciones emprendieron  la búsqueda de nuevos lenguajes de la danza a través  del cuerpo y el movimiento, desde diferentes corrientes artísticas, que confluyeron en el entonces Conjunto Nacional de Danza.  En los últimos 42 años, esta búsqueda se ha plasmado en un repertorio de más de 161 obras que fusionan técnicas propias de la danza moderna y contemporánea, entre adaptaciones y versiones de obras ya creadas, así como obras completamente originales basadas en el trabajo de co-creación e interpretación entre coreógrafos ecuatorianos y extranjeros con los elencos artísticos de la institución.

Entre 1976 y 1989, bajo la dirección del Maestro Marcelo Ordóñez, el trabajo interdisciplinario de antropólogos como Piedad y Alfredo Costales y sociólogos como Julio César Vizuete, y coreógrafos como Germán Silva, Serge Keuten, Marcelo Murriagui y el propio Marcelo Ordóñez, se plasmó en obras como “Kura Kura” (1977), “Ayayay” (1980), “Cañiriquito” (1982), “Naupamanta” (1981) y “Yaguarallpa” (1982). En esta etapa, una de las obras más representativas fue “El Danzante” (1979) de Marcelo Ordóñez, con música original del compositor José Berghmans, quien se basó en las investigaciones de Alfredo y Piedad Costales para crear una partitura con el sistema dodecafónico. “El Danzante” presenta una visión del devenir histórico del Ecuador a contrapelo de la “historia oficial” y exalta las prácticas y los valores de la cultura andina.

Bajo la dirección de Marcelo Ordóñez, un grupo de talentosos coreógrafos formados en la Compañía Nacional de Danza crearon nuevas obras para poner en escena algunas problemáticas sociales de América Latina durante las décadas de los 70’ y 80’, con su sello personal, entre ellas: “Devenir”, “Run Run” y “Levántate”, de Rubén Guarderas; “Cono Sur”, “Mutaciones” y “Espejismos”, de Isabel Bustos; “Río Negro” y “Fortuna Imperatrix Mundi”, de Fausto Villagómez; “Marcha al Futuro”, “Runa” y “Convocatoria, Divertimento F-1”, de Klever Viera; “Pueblo Triste”, de Susana Reyes; “Aztra” y “El Camino”, de Arturo Garrido; “Llanto”, de Rafael Aguilar;  “Por un Sueño”, de Freddy López; “Siete Lunas y Siete Serpientes”, de Wilson Pico; y “Computer Chips Chifles”, de Carla Barragán.

En este período la Compañía también acogió a varios coreógrafos extranjeros, quienes ejercieron una fuerte influencia en el elenco artístico y crearon obras que ampliaron el repertorio de la institución: Rodolfo Reyes, creador de “La Era”, “Canto de Amor para la Juventud que Viene” y “Los Conciertos de Brandeburgo”; Germán Silva, quien estrenó con la Compañía “Homusanimalis”, “Ñaupamanta” y “Cara de Mujer”; Jaime Jory, coreógrafo de “Adagio”, “La Valse”, “Una Tarde de Verano” y “Folk”; Ana Itelman, creadora de “Prohibido no pasar”; Serge Keuten, quien estrenó con la Compañía las obras “Yaguarallpa”, “Sombras de una noche” y las “Cuatro Estaciones”; Aline Roux, creadora de “Caminando”, “Poema” y “Canto Ecuménico”; Fred Laserre, coreógrafo de “Sin Chistar”, “Mambo Libertad” y “Quito de Noche”; Tina Ramírez, Leslie Dunn, Helen Douglas y Oleg Danovski, entre otros.

Marcelo Ordóñez también impulsó la formación de nuevos talentos desde la Escuela Coreográfica anexa a la Compañía, un espacio de  enseñanza-aprendizaje de la danza para niños, niñas y adolescentes y de nuevas pedagogías para bailarines y coreógrafos, de la mano de los maestros Valeria Kuten, Ma. Rosa Ortega, Felipe González, Ma. Luisa López, Marisa Cretenier, Nina Villanueva, Freddy López, Patricio Andrade y José Molina. Ordóñez también difundió la danza a través de numerosas giras, con un total de 1.500 presentaciones en todo el territorio nacional, y presentaciones de obras del repertorio de la Compañía en festivales internacionales en Francia, Alemania, Italia y Bélgica.

En 1990, la bailarina y coreógrafa mexicano-guatemalteca Laura Solórzano Foppa asume la dirección de la Compañía, que dio un viraje hacia los lenguajes de la danza contemporánea, a través de talleres de formación intensiva en coreografía y pedagogías de la danza. La presencia de coreógrafos extranjeros invitados a trabajar con la Compañía -Ivonne von Mallendorf (Perú), Juan Techera (Uruguay), Roxana Grinstein (Argentina) y Nicholas Rodríguez (Estados Unidos)- fue una pieza clave para la enseñanza-aprendizaje de técnicas propias de la danza contemporánea. La nueva directora también dio continuidad a la difusión de la danza ecuatoriana a través de presentaciones en varios festivales a nivel latinoamericano, e impulsó varios eventos a nivel nacional. Solórzano también mejoró las condiciones de trabajo de los bailarines e inició las gestiones para adquirir un local propio.

Algunas de las obras más significativas de este período fueron: “Todos Aquellos Nacidos con Alas”, de Pablo Cornejo; “De Frente”, de José Molina; “Ayer y Hoy”, de Lorena Pastor; “Imágenes” y “Facetas y Artificios”, de Juan Techera; “Insinuando Una Historia”, “Momentos” y “Aquellas Formas”, de Roxana Grinstein; “Siempre Vivaldi”, “Egmont”, “Pedro y El Lobo”, “Anécdotas de Larga Duración” y “Elepé”, de Laura Solórzano; y “Welcome to Sangolquí” (creación colectiva), entre otras.

En 1992, el bailarín y coreógrafo Arturo Garrido asume la dirección de la Compañía Nacional, precedido por Nina Villanueva, directora encargada de la institución al finalizar el período de Laura Solórzano. Bajo su dirección, la Compañía abrió nuevos espacios para la investigación artística y coreográfica  y la experimentación, con el apoyo de maestros y coreógrafos invitados como Stuart Gold, Linda Spriggs, Claudia Capriles y Alejandra Mendoza. En 1994, Garrido concretó la adquisición de un local, inicialmente propiedad del Banco Central, a un costo de 653.000 sucres y, en 1995, inició las obras de construcción del Teatro de la Compañía, como un espacio alternativo para la difusión de la danza.

Durante su gestión, Garrido también impulsó la creación de nuevas obras coreográficas y de proyectos e iniciativas de la escena independiente a través de coproducciones entre la Compañía y coreógrafos ecuatorianos. En el marco de dos ediciones del Festival “Con Olor a Danza”, la institución presentó nuevos estrenos y algunos re-estrenos, con como “Obscuro y fresco”, de Carlos Villarreal; “Morir y renacer”, de Ma. Luisa González;  “El Encanto”, de Amelia Poveda; “Transfiguración de un Suelo” de Byron Paredes; “Pueblo de Dios”, de Felipe González; “Desaparecidos América”, de Patricio Andrade; “Entre Nos” de Silvia Farías y Marjorie Delgado; “Progreso o Retroceso”, de Carlos Villarreal; “Cíclico”, de Shirley Giacomán.

Entre 1992 y 1998, el repertorio de la Compañía se amplió con nuevas obras, entre ellas “Perfume de Gardenias” (1993), “Alas Tristes de La Noche” (1995) y “El Deseo” (1997), de Arturo Garrido; “Eolo” (1996), de Pablo Cornejo; “Retrato de Niña en Azul”, “De la Vigilia Estéril” y “Flor de Amaranto”, de Alejandra Mendoza; “Dice de Santis”, de Patricio Andrade, “Tienen algo de ti” (1997), de Isaac Yépez; “Exultate”, de Felipe González, entre otras. Además, en 1993, la Compañía puso en escena dos versiones de “La Consagración de la Primavera”, con la interpretación en vivo de la Orquesta Sinfónica Nacional, dirigida por Álvaro Manzano. Garrido también dio continuidad a la difusión de la danza ecuatoriana, con una gira en México (1997) en la que presentó “Retrato de Niña en Azul”, “Alas Tristes de la Noche” y “Flor de Amaranto”, así como  presentaciones en festivales latinoamericanos y europeos.

Entre 1999 y 2015, bajo la dirección de la maestra María Luisa González, la Compañía Nacional de Danza potencia la práctica de la danza del país a partir de procesos creativos y formativos y la difusión del repertorio de la institución, que incluye nuevas obras más cercanas al lenguaje contemporáneo, entre ellas “La Gran Nostalgia” (2008), “Una Puerta” (2009), “La Condición” (2010), “Del Humo y del Espejo” (2011), “La Consagración de la Primavera” (versión 2006), creadas por el maestro cubano-ecuatoriano Jorge Alcolea. La investigación y el rescate de la identidad cultural se plasmó en obras como “Atahualpa en la Memoria” (2007), de Jorge Alcolea; “Pacha” (2014), creada por Pablo Cornejo y “La Alfarada” (2015), de Patricio Estrella, con música original de Marcelo Ruano. La institución también trabajó en la creación y montaje de obras dirigidas a un público infantil y juvenil, como “De juegos y sueños” (2006);  “El Carnaval de los Animales” (2012), de Hervé Maigret; y “Desde El Caparazón de la Tortuga” (2015), de Patricia Marín Escutia.

“Lunas de Lorca” (2009), de Isabel Bustos;  “Ensayo de Luces” (2010) y “Deconstrucción del Esquema” (2012), de Sebastián Salvador; “El Otro Bolero de Ravel” (2011), de Hervé Maigret; “50 (La Mitad)” (2013), de Thalía Falconí; y “Me Descubro en Ti” (2013), de Marcelo Murriagui fueron algunas de las obras que ampliaron el repertorio desde procesos creativos más cercanos a la danza contemporánea.

La visión del cuerpo como algo más que una herramienta a ser entrenada, sino un medio expresivo en sí mismo –un cuerpo que habla, dialoga e interpela y que devela nuestro “ser” sociocultural y político-, atraviesa el trabajo de las agrupaciones de danza que, desde fines de los años 70’ e inicios de los 80’, dieron un giro hacia la danza contemporánea. Esta visión se plasma en el trabajo de la Compañía Nacional de Danza que, desde el 2015, bajo la dirección de Josie Cáceres, ve en el lenguaje y la técnica de la danza contemporánea una posibilidad de diálogo y convivencia, que articula nuevas propuestas estéticas con aportes de varias disciplinas, para “conectarnos” con nuestros públicos, a través de nuevos formatos para la creación artística y el montaje de obras coreográficas.

 

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